PARAMAHANSA YOGANANDA Viajes y maestros Part II

 

Viajes y Maestros
Inquieto y sediento de enseñanzas espirituales, Mukunda se escapó muchas veces del hogar para trepar a los Himalayas y conocer a los santos meditadores que veía en sueños y visiones. Pero, una y otra vez, su hermano mayor, Ananta, impedía sus escapadas.

Su padre, viudo y solo, con la finalidad de que el niño no volviera a las andadas que tanto lo angustiaban, conversó con él ofreciéndole regalarle pasajes para que conociera nuevos lugares y, a la vez, cumpliera con algunos encargos suyos.
A los 12 años, cuando la familia ya estaba instalada en Calcuta, Mukunda viajó a la lejana ciudad de Benarés, con una carta enviada por su padre a un conocido llamado Kedar Nath Babu. El niño debía contactarlo por medio de un yogui amigo de su progenitor, en santo Swami Pranavananda.

Swami Pranavananda

Llegó a la dirección indicada y el yogui, que no lo conocía y no estaba al tanto de su visita, al verlo dijo: “Tú eres el hijo de Bhagabati y traes un encargo”. En esos mismos instantes subía las escaleras de la casa Kedar Nath Babu para encontrarse con el niño. Fue una reunión de maravillas, pues Mukunda se enteró de que, mientras conversaba con Pranavananda, el doble espiritual del santo había ido a Ganges a buscar a Kedar, quien realizaba sus abluciones matinales en el sagrado río. Tanto Kedar como Mukunda quedaron estupefactos ante esa comunicación inalámbrica entre el yogui, Bhagabati, y ambos contactados.

Riendo les dijo Pranavananda: “El mundo fenoménico tiene una sutil unidad que no está oculta a los verdaderos yoguis. Yo veo y converso instantáneamente con mis discípulos de la lejana Calcuta. Ellos también saben cómo trascender a voluntad todos los obstáculos de la materia densa”. Este maestro fue el primero que le profetizó al niño: “Tu vida pertenece al sendero de la renunciación y al yoga”.

Sobre los poderes de telepatía y clarividencia, de los cuales fue testigo y experimentó en sí mismo en su infancia y juventud, Yogananda escribió en su autobiografía: “Un día la ciencia los va a confirmar”.

Poco después de su muerte, a partir de los años ´60, la parapsicología se fundó como una ciencia experimental en la Universidad de Duke, Estados Unidos; y fue pionero de la investigación científica de la percepción extrasensorial de la cual están dotados algunos seres humanos, el doctor J. B. Rhine, fundador del método estadístico que ha demostrado, irrefutablemente, que los casos en que se produce este fenómeno superan matemáticamente la ley del azar y no son explicables por causa objetiva o subjetiva conocida.

Mukunda realizó sus estudios secundarios en un colegio inglés de Calcuta. Su padre, para evitar sus escapadas místicas, contrató como profesor particular de sánscrito y escrituras sagradas a Swami Kebalananda, reputado maestro espiritual y también discípulo de Lahiri Mahasaya.

Kebalananda era una autoridad en los shastras (libros sagrados) y Mukunda aprendió de él no sólo las escrituras santas sino también la médula de las enseñanzas de Mahasaya, que puede resumirse en “la no entrega a fe esclavizadora alguna, pues la convicción de la presencia divina se logra con la práctica del Kriya Yoga. Solo este método permite un real contacto con la divinidad, limpia el karma y hace posible al discípulo alcanzar la iluminación por medio del esfuerzo personal”.

En sus correrías de adolescente por Calcuta, conoció a varios yoguis que realizaban proezas increíbles. El maestro Gandha Baba hacía prodigios materializando a pedido aromas, flores y frutas mediante secretos aprendidos en el Tíbet. El joven fue testigo de ellas.

Gandha Baba

En un principio las creyó fruto del hipnotismo, pero más tarde las describió en su autobiografía como “un manejo consciente de la fuerza pránica (prana es la energía sutil de los hindúes), que es una fuerza vital más refinada que la energía atómica y está compuesta por vitatrones que regulan las variaciones en las vibraciones de electrones y protones de la materia física. El secreto de Gandha Baba era ponerse a tono con la fuerza pránica, mediante ciertas prácticas de yoga, guiando los vitatrones a reordenar su estructura vibratoria materializando el resultado que deseaba. Sus milagros eran en verdad simples materializaciones de vibraciones terrenales y no hipnotismo”.

Advertía, sin embargo, que los poderes yóguicos ostentosos no son recomendados por los grandes maestros. Estas prácticas son entretenimientos y desvían la verdadera búsqueda de la divinidad: “Despiertos en Dios, los verdaderos santos efectúan cambios en este sueño del mundo por medio de una voluntad armoniosamente concordante con la del Soñador de la Creación Cósmica”.

En 1910, cuando tenía 17 años, iba camino al mercado para hacer unas compras de alimentos para el ashram, cuando sintió su cuerpo paralizado al ver a un Swami al fondo de una callejuela sin salida. Su corazón le dijo que ese era el gurú que andaba buscando. Corrió hacia el desconocido y se postró de rodillas para tocarle los pies. El Swami le dijo: “Hijo mío, por fin has venido hacia mí. Cuántos años te he estado esperando”. Era Sri Yukteswar Giri, también discípulo de Lahiri Mahasaya y muy famoso en Europa por haber aparecido en el libro del catedrático de Oxford, doctor W. Y. Evans- Wentz, titulado Yoga Tibetano y Doctrinas Secretas.

Sri Yukteswar Giri

De su encuentro con el maestro cuenta en su autobiografía: “La sombra de una vida entera se esfumó de mi corazón, la vaga búsqueda aquí y allá había concluido. Había encontrado al fin mi eterno refugio bajo el amparo de un verdadero gurú”.

Mahasaya, considerado Gñanavatar (encarnación de la sabiduría) de la India de su época, lo aceptó en su ashram de Serampore, localidad muy cercana a Calcuta, con una condición debía regresar a la casa familiar y estudiar filosofía en la Universidad. Le profetizó: “Viajarás a Occidente y para que escuchen la enseñanza espiritual que debes entregar es necesario que obtengas un título universitario”.

Aunque había sido iniciado por sus propios padres y por el Swami Kebalanda en las técnicas del Kriya Yoga, Sri Yukteswar lo inició nuevamente en su ashram. En ese instante, cuenta Yogananda, “una gran luz se abrió pasando en mi ser, como la gloria de incontables soles ardiendo juntos. Una impresión de inefable felicidad inundó mi corazón hasta lo más profundo”.

En 1915 se graduó en la Universidad de Serampore (filial de la de Calcuta) como Licenciado en Letras, y de inmediato su gurú lo ingresó en la orden de los Swamis. Tiñó de color ocre una pieza de tela de seda blanca y se la ofreció como su nueva túnica de Swami, profetizándole otra vez: “Irás a Occidente, allá gustan más de esta tela que del algodón”. Mukunda tomó el nombre de Yogananda, que significa “felicidad a través de la unión divina” y, al igual que su maestro, fue un Swami de la rama Giri, que quiere decir montaña. Otras ramas son Sagar = mar, Bharti = tierra, Puri = terreno y Sarasvati = sabiduría de la naturaleza.

Con Sri Yukteswar aprendió a dominar incomodidades, como los feroces mosquitos de la India, y a comprender cabalmente el concepto de ahimsa, que no sólo significa en forma concreta no matar, no dañar, sino también implica el no pensar en dañar. El sentido de este aforismo de Patanjali es “remover el deseo de matar –le explicó Yukteswar, aclarádole el que –el hombre puede verse obligado a exterminar criaturas perjudiciales, pero no debe caer bajo la compulsión de la ira o de la animosidad. Todas las formas de vida tienen derecho al aire de Maya”.

Bajo la guía de su amado gurú, Yogananda comprendió que el cuerpo humano es algo precioso, el de más alto valor en la escala evolutiva por su cerebro y centros espinales, y que a quien busca la verdad le permite expresar su divinidad.

Yukteswar sanaba a muchos enfermos y también enseñaba técnicas de autosanación. De estas, Yogananda dice: “Aprendí que los pensamientos pueden matar o enfermar y también sanar. El pensamiento es una fuerza como la electricidad y la gravitación. La mente humana es una chispa de la divina conciencia. Toda la creación está gobernada por leyes. Las que ha descubierto la ciencia son leyes naturales. Pero hay leyes más sutiles que rigen las leyes de la conciencia y estas se pueden conocer a través de la ciencia del yoga.

Mi maestro nos enseñó que la sabiduría es la suprema terapia médica y que el cuerpo es un amigo traicionero, hay que darle lo que necesita y no más. Dolor y placer son transitorios. El yogui sobrelleva con calma los cambios elevándose sobre todas las dualidades. La imaginación es la puerta a través de la cual penetran igualmente la enfermedad y la curación, por esto hay que desconfiar de la realidad de la dolencia, aunque se esté enfermo hay que rechazar la afección y esta se marchará”.

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