Lecciones para Mutantes – Entrevista con Alejandro Jodorowsky

Lecciones para Mutantes – Entrevista con Alejandro Jodorowsky de Javier Esteban

Alejandro Jodorowsky aceptó que iniciáramos estas lecciones para mutantes sólo si resultaban útiles a los demás. Mi respuesta fue que si lo eran para mí, hombre escéptico y un tanto averiado, podrían serlo para otros. Así decidimos realizar este trabajo que complementa, diez años después de su aparición, su mítica obra Psicomagia. Estas entrevistas son, por tanto, fruto de una experiencia entre alguien dispuesto a compartir conocimientos y alguien que quiere aprender. Más que constatar certezas, nuestras palabras hilan constantes dudas y amables respuestas.

Por sus circunstancias personales y por su nivel de conciencia, Jodorowsky ha abierto senderos y atajos en la búsqueda de la felicidad. Lejos de ser un gurú (no le gusta esa figura), nuestro autor es un ser evolucionado de la especie que, precisamente por ello, se ríe de sí mismo. Sus recorridos son aptos para toda una generación efervescente de mutantes que hacen uso de fórmulas individuales de conocimiento y autorrealización. Para sanar, para crecer, Alejandro nos muestra que el hombre tiene a su alcance llaves como la meditación, el arte, los sueños, ciertas sustancias sagradas, la magia, la alquimia, el lenguaje, el humor o el tarot. A estas técnicas está dedicada la primera parte de Lecciones para mutantes.

A lo largo de su ajetreada existencia, Jodorowsky ha atravesado un formidable periplo humano de miles de años en tan sólo unos pocos, ha visitado culturas y conocido experiencias, formando al mismo tiempo parte de la vanguardia cultural con sus aportaciones al cómic, el cine o la literatura. Este viaje por la memoria de la humanidad es un continuo e imaginativo reto y un profundo ejercicio de superación, donde antes que nada es necesario saber quiénes somos, olvidando parte de lo aprendido, tal y como revela el autor en la segunda parte de estas lecciones.

Jodorowsky concibe las experiencias de ruptura y cambio de un modo personal, desconfiando de toda Iglesia, “monigote” o comisionista del espíritu. Desde la libertad y para la libertad, utiliza una síntesis de vivencias que resultan terapéuticas y necesarias al último hombre: ese que ha dejado de luchar por la pura supervivencia y busca su desarrollo interior. Al margen de cualquier revelación o texto sagrado, de toda tradición dogmática o ideológica, Jodorowsky entiende que la realidad debe ser percibida en primera persona y realizada artísticamente. A esa formidable búsqueda, a ese loco tanteo, está dedicada la tercera parte de esta entrevista.

Las ideas del autor sobre los distintos niveles de conciencia o tantas otras cuestiones entroncan con la filosofía perenne en estado puro, pero lejos de los estrechos marcos de las religiones tradicionales. Aunque hable de Dios, Jodorowsky no es teísta ni ateo, espiritualista ni religioso, sino simplemente persona. Para él, la salud es el equivalente único de la moral, porque nuestra realización no puede esperar el más allá, sino que debe llevarse a cabo en este mundo, rompiendo los límites que lo impidan. Algunas de estas ideas atestiguan el fenómeno llamado “religión a la carta” que viene extendiéndose por nuestras sociedades en los últimos tiempos. Alejandro es un visionario en la medida en que su nivel de conciencia se asoma más allá de los límites de su tiempo. Un “iluminado” que detesta la posibilidad de fundar una escuela, pero que dedica desde hace años su tiempo al extraño empeño de la santidad civil. Sus intuiciones sobre la sociedad, la religión y el destino de la humanidad han sido recogidas en la cuarta parte, en forma de visiones que incluyen un ejercicio de futurología donde el lector encontrará muchas de las ideas e impresiones del autor.

En estas entrevistas no podía dejarse de mencionar la actividad terapéutica, que el autor considera fundamental y que realiza en diversos talleres por todo el mundo. En el capítulo dedicado al arte de sanar, Alejandro repasa y aclara algunos aspectos ya expuestos en su Psicomagia. La última parte de este trabajo es un canto a la vida que refleja la actitud feliz y luminosa de nuestro personaje.

La transcripción de las palabras de Alejandro en ningún caso ha sido fácil, pero sí respetuosa y en la medida de lo posible literal, aunque las limitaciones de la escritura se han hecho evidentes al no poder recoger toda la riqueza de su discurso oral. Confío en poder transmitir algunas de sus intuiciones a quienes buscan respuestas y experiencias en el maravilloso viaje de la existencia. He huido de la entrevista especializada en cualquiera de las técnicas que maneja el autor, aunque aquí se hable de casi todas ellas. Así es, en conclusión, esta obra de impresiones: una guía para todos los que deseen transformarse y no un manual para eruditos; un testigo de su manera de hacer y de vivir, una modesta enseñanza en forma de diálogo en la que yo representaría a una nueva generación de mutantes.

He de confesar que creo que en principio Alejandro aceptó realizar estas entrevistas simplemente por ayudarme, aunque luego le gustara el resultado y lo considerara útil para los demás. Fui a París con un cierto complejo de entrometido. Durante aquellos días, me dedicó pacientemente una hora y media diaria en su casa. Al final de cada entrevista, yo podía traducir mentalmente sus respuestas en ejemplos que caían como cataratas de imágenes. El estado de ligera alteración de conciencia daba paso a una agradable borrachera telepática. Preguntas hilvanadas como cadenas de imágenes. Acabábamos hablando del halo de los santos, sin motivo alguno. A la salida, el segundo día, me confesó: “No sé si resultará útil todo esto porque no me acuerdo de nada de lo que te he dicho”. Jodorowsky tuvo la delicadeza de contestar en estado de trance a mis preguntas. En esas horas de diván me sentí como un escultor golpeando un inmenso mármol del que saldría una cara, un extraño retrato que a su vez sería un espejo para los demás. “¿Cómo lo ves?”, me repetía, como si lo estuviera pintando. Durante los días en que pude asistir a su casa la dinámica fue variando. A menudo mis preguntas reducían el nivel de su discurso, pero otras veces lo catapultaban. Viajamos mucho juntos. La ebriedad a veces duraba horas. De todas las imágenes que guardo de aquellos días una me visita de vez en cuando en forma de sueño: somos pinceles que dibujan su propia vida, que se transforma a cada instante.

Javier Esteban
París-Barcelona, marzo-julio de 2003

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