Dialogo a fondo con Carlos Castañeda. Parte 1


por: Graciela N. V. Corvalán

Esta conversación aclara y pone en situación algunos de los episodios que refiere en su último libro: The Eagle’s Gift (El Regalo del Águila. Creo que la historia de “Joe Córdoba y su señora” presenta un aspecto no popularizado de Carlos Castaneda y su grupo, que en mi opinión seria la síntesis o ultima etapa de su camino o conocimiento: ese “tocar tierra” y “ser una nada”. Acabo de hacerle unas líneas para avisarle que el trabajo se publicara en Mutantia. El tenia mucho interés en que se diera a conocer en alguna publicación en español. Estoy segura de que se alegrara enormemente.”

Toda esa tarde Castaneda procuró mantener la conversación en un nivel que no fuera intelectual. Aunque sin duda ha leído mucho y conoce las distintas corrientes de pensamiento, en ningún momento estableció comparaciones con otras tradiciones del pasado o del presente. La “enseñanza tolteca” nos la transmitió por medio de imágenes materiales que, precisamente por eso; impiden que se las interprete especulativamente.

De este modo Castaneda no solamente fue obediente a sus maestros sino totalmente fiel al camino que ha elegido, no quiso contaminar su enseñanza con nada ajeno a ella.

De don Juan nos dijo que era una totalidad de exquisita intensidad capaz de darse todo en cada ahora. “Darse todo en cada momento es su principio, su regla”, dijo. El que don Juan sea así no puede ser explicado y es rara vez comprendido, “simplemente es”.

En “El Segundo Anillo de Poder” Castaneda recuerda una característica especial de don Juan y de don Genaro, de la cual todos los demás carecen. Allí escribe: “Ninguno de nosotros está dispuesto a prestarle al otro una atención indivisa, de la manera que don Juan y don Genaro lo hacían (p. 203). Estas palabras apuntan a ese ser todo en cada instante, a esa presencia que es don Juan. En muchas oportunidades Castaneda se ha de referir a eso de tener “un gesto”, a ese acto totalmente gratuito y libre del ser.

La palabra amor no le gustó. Es posible que el término tenga para él connotaciones de “amor romántico”, “sentimentalismo” o “debilidad”. Tratando de explicarme, insistí en que la última escena de Viaje a Ixtlán está preñada de intensidad. Ahí Castaneda asintió: Sí con esto último estaría de acuerdo. “Intensidad, sí -dijo- , ésa es la palabra”.

Insistiendo en el mismo libro, le manifesté que algunas escenas me habían resultado definitivamente “grotescas”. No les encontraba justificación.

Castaneda estuvo de acuerdo conmigo. “sí, el comportamiento de esas mujeres es monstruoso y grotesco pero esa visión me era necesaria para poder entrar en acción”, dijo. Castaneda necesitaba ese “shock”.

“Sin adversario no somos nada -continuó-. El ser adversario es propio de la “forma” humana. La vida es guerra, es lucha. La paz es una anomalía “: Refiriéndose al pacifismo lo calificó de “monstruosidad.” porque, según él, los hombres “somos seres de logros y de luchas”.

Sin poder contenerme le dije que no podía aceptar que calificara el pacifismo de monstruosidad “¿Y Ghandi? ¿Cómo ve Ud. a Ghandi, por ejemplo?”

“¿Ghandi? -me respondió- Ghandi no es un pacifista. Ghandi es uno de los más tremendos luchadores que han existido: ¡Y qué luchador!”

Comprendí entonces que Castaneda da valores muy especiales a las palabras. El “pacifismo” al cual él había hecho referencia no podía sino el pacifismo del débil, el de quien no tiene agallas suficientes como para ser y hacer otra cosa, el de quien nada hace porque no tiene objetivos ni energía en la vida; en una palabra, ese pacifismo refleja toda un actitud autocomplaciente y hedonista.

Con un amplio gesto que quería incluir a toda una sociedad ya sin valores, voluntad y energía, replicó: “Todos drogados… sí, ¡hedonistas!” Castaneda no aclaró estos conceptos, ni nosotros se lo pedimos. Yo tenía entendido que parte de la ascesis del guerrero era liberarse de la “forma” humana pero los inusitados comentarios de Castaneda me habían llenado de confusión: Poco a poco, sin embargo, me fui dando cuenta de que eso de ser “seres de logros y de luchas” es un primer nivel en la relación. Esa es la materia prima de donde se parte. Don Juan, en los libros, se refiere siempre al buen “tonal” de una persona. Ahí comienza el aprendizaje y se pasa a otro nivel.

“No se puede pasar al otro lado sin perder la “forma” humana” -dijo Castaneda.

Insistiendo sobre otros aspectos de su libro que no me habían quedado claros, le pregunté acerca de los “huecos” que le quedan a las personas por el simple hecho de haberse reproducido.

“Sí -dijo Castaneda-. Hay diferencias entre las personas que han tenido hijos y las que no.

Para pasar de puntillas frente al águila hay que estar entero. Una persona con ‘huecos’ no pasa”.

La metáfora del “águila” nos la explicaría más adelante. Por el momento pasó casi inadvertida ya que el foco de nuestra atención estaba en otro tema.

“¿Cómo explica. Ud. la actitud de doña Soledad con Pablito así como la de la Gorda con sus hijas?”, quise saber con insistencia. Eso de quitarles a los hijos ese “filo” que al nacer ellos nos toman era, en gran medida, algo inconcebible para mí.

Castaneda convino en que aún no tiene bien sistematizado todo eso. Insistió, sin embargo, en las diferencias que existen entre las personas que se han reproducido y las que no.

“Don Genaro es ¡loquito!, ¡loquito! Don Juan, en cambio, es un loco serio. Don Juan va despacio pero llega lejos. Al final, los dos llegan…”

“Yo, como don Juan -continuó- tengo huecos: es decir. tengo que seguir su camino. Los Genaros, en cambio, tienen otro modelo.”

“Los Genaros, por ejemplo, tienen un “filo” especial que nosotros no tenemos. Son más nerviosos y de marcha rápida… Son muy livianos; nada los detiene.”

“Los que como la Gorda y yo hemos tenido hijos, tenemos otras características que compensan esa pérdida. Se es más reposado y, aunque el camino sea largo y arduo, también se llega. En general, los que han tenido hijos saben cómo cuidar a otros. No significa que las personas sin hijos no sepan hacerlo, pero es distinto…”

“En general uno no sabe lo que hace; se es inconsciente de las acciones y después se paga. ¡Yo no supe lo que hacía!” exclamó refiriéndose, sin duda, a su propia vida personal.

“Al nacer, a mi padre y a mi madre les quité todo -dijo. ¡Quedaron todo magullados! A ellos les tuve que devolver ese “filo” que les había quitado. Ahora tengo que recuperar el “filo” que yo perdí.”

Pareciera que esto de los “huecos” que hay que cerrar tiene que ver con los atavismos biológicos. Quisimos saber si el tener “huecos” es algo irreparable. “No – nos respondió -.

Uno se puede curar. Nada es irrevocable en la vida. Siempre es posible devolver lo que no nos pertenece y recuperar la que es de uno”.

Esta idea de la recuperación es coherente con todo un “camino de aprendizaje”; camino en el cual no basta conocer o practicar una o más técnicas sino que requiere la transformación individual y profunda del ser. Se trataría de todo un sistema coherente de vida con objetivos concretos y precisos.

Al principio de nuestra conversación, Castaneda mencionó algo acerca de la “enseñanza tolteca”. También en The Second Ring of Power se insiste en “los toltecas” y en “ser un tolteca”. “¿Qué significa ser un tolteca?” -le preguntamos.

Según Castaneda, la palabra “tolteca” constituye una unidad de significación muy amplia.

Se dice de alguien que es un tolteca de la misma manera que se puede decir que es un demócrata o un filósofo. Tal como él la usa. esta palabra nada tiene qué ver con su significado antropológico. (3)

3 – Desde el punto de vista antropológico, la palabra hace referencia a una cultura india del centro y sur de México que ya se encontraba extinta en el momento dé la conquista y colonización de América.

“Tolteca es el que sabe los misterios del acecho y del sueño”. Todos ellos son toltecas. Se trata de un pequeño grupo que ha sabido mantener viva una tradición desde más de 3.000 años antes de J.C.

Como yo estaba trabajando en el pensamiento místico y tenía particular interés en establecer la fuente y el lugar de origen de las distintas tradiciones, insistí: “¿Cree Ud. entonces que la tradición tolteca ofrece una enseñanza que sería propia de América?”

La “nación tolteca ” mantiene viva una tradición que es, sin duda, propia de América.

Castaneda adujo que es posible que los pueblos de Américas hubieran traído algo de Asia al cruzar el estrecho de Bering, pero que hace tantos miles de años de todo eso que por el momento no hay más que teorías.

En Relatos de Poder, Don Juan le habla a Castaneda de “los brujos”, de “esos hombres de conocimiento” que la conquista y colonización del hombre blanco no pudieron destruir porque ni supieron de su existencia ni notaron todo lo incomprensible de su mundo.

“¿Quiénes forman la nación tolteca? ¿Trabajan juntos? ¿Dónde lo hacen?” -preguntamos.

Castaneda contestó todos nuestros interrogantes. El está ahora a cargo de un grupo de jóvenes que vive en la zona de Chiapas, al sur de México. Todos se trasladaron a esa zona debido a que la señora que ahora les enseña estaba radicada allí.

“Entonces… ¿Ud. volvió? -me sentí impelida a preguntarle al recordar la última conversación entre Castaneda y las hermanitas al final de “The Second Ring of Power”.

“¿Volvió Ud. pronto, tal como la Gorda se lo pedía?” “No, no volví pronto pero volví” –me contestó riendo. “Volví para llevar a cabo una tarea a la cual no puedo renunciar”.

El grupo consta de unos 14 miembros. Si bien el núcleo básico es de 8 o 9 personas, todos son indispensables en la tarea que se realiza. Si cada uno es suficientemente impecable, se puede ayudar a un mayor número de seres.

“Ocho es un número mágico”, -dijo en algún momento. También insistió en que el tolteca no se salva solo sino que se va con el núcleo básico. Los otros quedan y son indispensables para continuar y mantener viva la tradición. No es necesario que el grupo sea grande, pero cada uno de los que está envuelto en la tarea es definitivamente necesario para el todo.

“Los Genaros, por ejemplo, tienen una banda de música con la que recorren todos los lugares de la frontera. Se imaginarán Uds. que ellos ven y están en contacto con mucha gente. Siempre se tiene posibilidades de transmitir el conocimiento. Siempre se ayuda. Se ayuda con una palabra, con una pequeña insinuación… Cada uno, cumpliendo fielmente su tarea, lo hace. Todos los seres pueden aprender. Todos tienen la posibilidad de vivir como guerreros.”

“Cualquier persona puede emprender la tarea del guerrero. El único requisito es querer hacerlo con un deseo inconmovible; es decir, se ha de ser inconmovible en el deseo de ser libre. El camino no es fácil. Constantemente buscamos excusas y tratamos de escapar. Es posible que la mente lo logre, pero el cuerpo lo siente todo… El cuerpo aprende rápida y fácilmente.”

“El tolteca no puede gastar energía en tonterías, -continuó-. Yo era una de esas personas que no pueden estar sin amigos… ¡Ni al cine podía ir solo!”. Don Juan en un determinado momento le dijo que debía abandonar todo y, particularmente, separarse de todos aquellos amigos, con los cuales no tenía nada en común. Por largo tiempo resistió la idea hasta que por último lo fue envolviendo.

“Cierta vez, volviendo a Los Ángeles, bajé del auto una cuadra antes de llegar a casa y llamé por teléfono. Por supuesto que ese día, como todos, mi casa estaba llena de gente, me atendió uno de mis amigos a quien le pedí que preparara una valija con algunas cosas

y que me la trajera adonde me encontraba. También le dije que el resto de las cosas -libros, discos, etc: podían repartírselas entre ellos. Claro es que mis amigos no me creyeron y tomaron todas las cosas como en préstamo” -aclaró Castaneda.

Este acto de deshacerse de la biblioteca y los discos es como cortar con todo el pasado, con todo un mundo de ideas y emociones.

“Mis amigos creyeron que yo estaba loco y se quedaron esperando que volviera de mi locura. No los vi como en doce años… sí, como en doce años.” -concluyó.

Después de pasados doce años, Castaneda pudo encontrarse nuevamente con ellos.

Buscó primero a uno de sus amigos quien lo puso en contacto con los demás. Planearon luego una salida en la que fueron juntos a cenar. Ese día lo pasaron muy bien. Comieron mucho y sus amigos se emborracharon.

“Encontrarme con ellos después de todos esos años fue mi modo de agradecerles la amistad que me habían brindado antes, -dijo Castaneda-. Ahora todos están grandes.

Tienen sus familias, esposas, hijos… Era necesario sin embargo, que yo les agradeciera.

Sólo así pude terminar definitivamente con ellos y cerrar una etapa de mi vida”.

Es posible que los amigos de Castaneda ni entiendan ni puedan compartir nada de lo que él está haciendo, pero el hecho de que él quisiera y pudiera agradecerles fue algo muy bonito. Castaneda no se enojó con ellos, no pretendió nada de ellos. Les agradeció sinceramente su amistad y al hacerlo, se liberó interiormente de todo ese pasado.

Hablamos entonces del amor, “del tan mentado amor “. Nos contó varias anécdotas de su abuelo italiano, “siempre tan enamoradizo”, y de su padre “tan bohemio él”. “¡Oh! ¡L’amore!

¡L’amore!”. -repitió varias veces. Todos sus comentarios tendían a destruir las ideas que comúnmente se tienen acerca del amor.

“A mí me costó mucho aprender, -siguió. Yo era también muy enamoradizo… A don Juan le costó trabajo hacerme entender que debía cortar con ciertas relaciones. El modo como finalmente corté con ella fue el siguiente. La invité a cenar y nos encontramos en un restaurante. Durante la cena pasó lo que siempre pasaba. Hubo una gran pelea y ella me gritó e insultó. Por último le pregunté si tenía dinero. Me respondió que sí. Aproveché para decirle que debía ir hasta el auto a buscar mi billetera o algo así. Me levanté y no volví más.

Antes de dejarla quise estar seguro de que tenía suficiente dinero como para tomar un taxi y volver a casa. Desde ese entonces no la he vuelto a ver”.

“No me van a creer Uds., pero los toltecas son muy ascéticos” -insistió.

Sin poner en duda su palabra le comenté que esa idea no se desprendía de El segundo anillo. “Al contrario, -recalqué-. Creo qué en su libro muchas escenas y actitudes se prestan a confusión”. “¿Cómo cree Ud. que yo iba a decir eso claramente? -me contesto-. No podía decir que las relaciones entre ellos fueran puras porque no sólo nadie me lo hubiera creído sino que nadie me hubiera entendido”.

Para Castaneda, vivimos en una sociedad muy “lujuriosa”. Todo lo que nosotros estuvimos hablando esa tarde, la mayoría no lo hubiera entendido. Es así como el mismo Castaneda se ve obligado a amoldarse a ciertas exigencias de los editores quienes, a su vez, procurarían satisfacer los gustos del público lector.

“La gente está en otra cosa, -continuó Castaneda-. Los otros días, por ejemplo, entré a una librería, aquí en Los Ángeles, y me puse a hojear las revistas del mostrador. Encontré que había una gran cantidad de publicaciones con fotos de mujeres desnudas… Muchas también con hombres. No sé qué decirles. En una de las fotos había un hombre arreglando un cable eléctrico en lo alto de una escalera. Llevaba su casco protector y un gran cinturón lleno de herramientas. Eso era todo. El resto estaba desnudo. ¡Ridículo! ¡No cabe algo as(!

Una mujer tiene gracia… ¡Pero, un hombre!”. A modo de explicación agregó que esto se debe a que las mujeres tienen mucha experiencia debido a su larga historia en ese tipo de cosas. “¡Un papel así no se improvisa!”.

“¡No me diga! -replicó vivamente uno de nosotros-. Es la primera vez que escucho una explicación semejante. Eso de que el comportamiento de las mujeres no se improvisa es algo totalmente nuevo para mi”.

Después de escuchar a Castaneda, quedamos convencidos que para “el tolteca” el sexo representa un inmenso desgaste de energías que necesita para otra tarea. Se comprende entonces su insistencia acerca de las relaciones totalmente ascéticas que mantienen los miembros del grupo.

“Desde el punto de vista del mundo, la vida que el grupo lleva y las relaciones que mantienen es algo totalmente inaceptable e inaudito. Lo que les cuento no sería creíble. A mi me llevó mucho tiempo comprenderlo pero lo he podido finalmente comprobar”.

Castaneda nos había dicho antes que cuando una persona se reproduce pierde un “filo” especial. Parece que ese “filo” es una fuerza que los hijos toman de los padres por el mero hecho de nacer. Este “hueco” que a la persona le queda es el que hay que llenar o recuperar. Hay que recuperar la fuerza que se ha perdido. Nos dio también a entender que la relación sexual prolongada de una pareja termina por desgastarlos. En una relación van surgiendo diferencias que hacen que progresivamente se vayan rechazando ciertas características de uno y de otro. En consecuencia, para la reproducción se elige de la otra parte aquello que a uno le gusta, pero no hay ninguna garantía de que aquello que se elige sea necesariamente lo mejor. “Desde el punto de vista de la reproducción -comentó-, lo mejor es ‘at randum’ “. Castaneda se esforzó por explicarnos mejor estos conceptos, pero hubo de confesar nuevamente que son temas que él mismo no tiene aún claros.

Castaneda nos venía describiendo un grupo cuyas exigencias, para el común de las personas, eran extremas. Estábamos muy interesados en saber adónde conducía todo ese esfuerzo. “¿Cuál es el objetivo único del “tolteca”?” Queríamos saber el sentido de todo eso que Castaneda nos venía diciendo. “¿Cuál es el objetivo que Ud. persigue?”-insistimos llevando la pregunta a un nivel personal.

“El objetivo es salirse del mundo vivo; salirse con todo lo que uno es pero con nada más que con lo que uno es. La cuestión es no llevarse nada ni dejar nada. Don Juan se salió enterito -¡vivito! del mundo. Don Juan no muere porque los toltecas no mueren”.

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