Dialogos con Gurdjieff – el conocimiento oculto

A continuación un párrafo del libro

“Fragmentos de una enseñanza desconocida”

de Ouspensky colaborador de Gurdjieff.

“Regresé a Rusia en noviembre de 1917, al comienzo de la primera guerra mundial, después de un viaje, relativamente largo, a través de Egipto, Ceilán e India.

La guerra estalló cuando me encontraba en Colombo, de donde me embarqué para regresar a través de Inglaterra.

Al salir de San Petersburgo, yo había dicho que partía en busca de lo milagroso. Lo “milagroso” es muy difícil de definir. Pero para mí, esta palabra tenía un significado muy definido.

Mucho tiempo atrás había llegado a la conclusión de que para escapar del laberinto de contradicciones en que vivimos, era necesario encontrar un camino enteramente nuevo, diferente de todo lo que habíamos conocido o seguido hasta ahora.

Pero dónde comenzaba este camino nuevo o perdido, yo era incapaz de decirlo. Entonces ya había reconocido como un hecho innegable que detrás de la fina película de falsa realidad, existía otra realidad de la cual, por alguna razón, algo nos separaba.

Lo “milagroso” era la penetración en esta realidad desconocida. Me parecía que el camino hacia lo desconocido podría ser encontrado en Oriente.

¿Por qué en oriente? Era difícil decirlo. En esta idea había quizás algo de romántico, pero en todo caso había también la convicción de que nada podía ser encontrado aquí, en Europa”.

.

“Después de Pascua, salí de nuevo hacia Moscú para ofrecer las mismas conferencias. Entre las personas que encontré con motivo de estas conferencias había dos, un músico y un escultor que muy pronto comenzaron a hablarme de un grupo de Moscú dedicado a varias investigaciones y experimentos “ocultos” bajo la dirección de un cierto Gurdjieff, un griego del Cáucaso; era precisamente, como yo lo comprendí, el “Hindú”, autor del argumento del ballet mencionado en el periódico que había llegado a mis manos tres o cuatro meses atrás.

Debo confesar que lo que estas dos personas me contaron acerca de este grupo y de lo que en él ocurría -toda clase de prodigios de autosugestión – me interesó muy poco. Había oído demasiadas veces historias de este género y me había formado una opinión muy clara sobre ellas…

Prevenido así por mis experiencias anteriores, fue sólo ante los persistentes esfuerzos de M., uno de mis nuevos conocidos, que acepté conocer a Gurdjieff. y tener una conversación con él. Mi primera entrevista modificó enteramente la idea que tenía de él y de lo que me podría aportar.

Lo recuerdo muy bien. Habíamos llegado a un pequeño café alejado del centro de la ciudad en una calle bulliciosa.

Vi a un hombre que ya no era joven, de tipo oriental, con bigotes negros y ojos penetrantes. En primer término me asombró porque parecía estar completamente fuera de sitio en tal lugar y dentro de tal atmósfera.

Estaba todavía lleno de mis impresiones del Oriente, y hubiera podido ver a este hombre con cara de rajá hindú o de jeque árabe, bajo una túnica blanca o un turbante dorado, pero sentado en este pequeño café de tenderos y de comisionistas, con su abrigo negro de cuello de terciopelo y su bombín negro, producía la impresión inesperada, extraña y casi alarmante, de un hombre mal disfrazado, era un espectáculo embarazoso, como cuando se encuentra uno delante de un hombre que no es lo que pretender ser, y con el cual sin embargo se debe hablar y conducirse como si no se diera cuenta de ello.

G. hablaba un ruso incorrecto con fuerte acento caucasiano, y este acento, que estamos habituados a asociar con cualquier cosa menos con ideas filosóficas, reforzaba aún más la extrañeza y el carácter sorprendente de esta impresión.

Me interesó particularmente cuando G. dijo que los mismos actores debían actuar y bailar en las escenas del “Mago Blanco” y en las del “Mago Negro”; y que en las primera escena debían ser tan bellos y atrayentes, por ellos mismos y por sus movimientos, como deformes y feos en la segunda.

– Compréndalo, dijo G., de esta manera podrán ver y estudiar todos los lados de sí mismos; este ballet tendrá entonces un inmenso interés para el estudio de sí”.

¿SE MANTIENE OCULTO EL CONOCIMIENTO?

Un día que estábamos con G., le pregunté: “¿Por qué se mantiene el conocimiento tan cuidadosamente en secreto?”.

– Hay dos respuestas, me dijo él, primeramente, este conocimiento no se mantiene secreto; luego, por su propia naturaleza, le está prohibido llegar a ser jamás propiedad común.

El conocimiento es mucho más accesible de lo que generalmente se cree para aquellos que son capaces de asimilarlo; y todo el problema estriba en que la gente o no lo quiere o no lo puede recibir.

Este aspecto de la cuestión es claro. Las masas no se preocupan del conocimiento, no lo quieren. La gente no comprende el valor de lo que pierde.

Y para captar la causa de tal estado, basta con observar cómo viven, lo que constituye sus razones para vivir, el objeto de sus pasiones de sus aspiraciones, en qué piensan, de que hablan, a qué sirven y qué adoran.

Vean a dónde va el dinero de la sociedad culta de nuestra época, consideren aquello por lo que se paga los más altos precios, a dónde van las muchedumbres más densas.

Si se reflexiona un instante acerca de este despilfarro, entonces se hace claro que la humanidad tal cual es ahora, con los intereses de los cuales, vive, no puede esperar otra cosa que lo que tiene.

He aquí un aspecto. El otro, como ya lo he dicho, se refiere al hecho de que nadie oculta nada; no hay el menor misterio.

Pero la adquisición o la transmisión del verdadero conocimiento exige una gran labor y grandes esfuerzos, tanto de parte del que recibe como del que da.

Y aquellos que poseen este conocimiento hacen todo lo que pueden para transmitirlo y comunicarlo al mayor número posible de hombres, para facilitarles su acercamiento y tornarlos capaces de prepararse para recibir la verdad.

Pero el conocimiento no puede ser impuesto por la fuerza a aquellos que no lo quieren, y como acabamos de ver, el examen imparcial de la vida del hombre medio, de sus intereses, de lo que llena sus días, demostrará al instante que es imposible acusar a los hombres poseedores del conocimiento de que lo ocultan, de que no quieren transmitirlo o de que no desean enseñar a los otros lo que ellos mismos saben.

Quién desee el conocimiento debe hacer por sí mismo los primeros esfuerzos para encontrar la fuente, para aproximarse a ella, ayudándose con las indicaciones dadas a todos, pero que la gente, por regla general, no desea ver ni reconocer.

El conocimiento no puede llegar gratuitamente a los hombres, sin esfuerzos de su parte.

Ellos comprenden esto muy bien cuando sólo se trata de conocimientos ordinarios, pero en el caso del gran conocimiento, si es que admiten la posibilidad de su existencia, consideran que es posible esperar algo diferente.

Todo el mundo sabe muy bien, por ejemplo, que un hombre tendrá que trabajar intensamente durante varios años si quiere aprender el chino; nadie ignora que para poder captar los principios de la medicina son indispensable cinco años de estudios y quizás el doble para el estudio de la música o la pintura.

Sin embargo, algunas teorías afirman que el conocimiento puede llegarle a la gente sin esfuerzos de su parte, que puede ser adquirido aun en el sueño.

El mero hecho de la existencia de tales teorías constituye una explicación adicional del hecho de que el conocimiento no puede llegar a la gente.

Sin embargo no es menos esencial comprender que los esfuerzos independientes de un hombre por alcanzar lo que fuese en esta dirección, por sí mismos, no pueden dar ningún resultado.

Un hombre no puede alcanzar el conocimiento sino con la ayuda de aquellos que lo poseen. Esto debe ser comprendido desde el comienzo mismo.

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