Jodorowsky – Esbozos de la Terapia Pánica – fragmento de Psicomagia

Un día, tras muchas veladas en su biblioteca intentando desvelar el sentido profundo de la psicomagia, pregunté a Alejandro Jodorowsky si pensaba prescribirme un acto. Él me respondió que el mero hecho de confeccionar este libro en su compañía constituiría un acto suficientemente poderoso. ¿Porqué no?

En realidad, Jodorowsky es en sí un acto psicomágico ambulante, un personaje alta y definitivamente «pánico», cuyo trato introduce algunas fisuras en el orden de nuestro universo, tan previsible en apariencia.

Dramaturgo que, con sus cómplices Arrabal y Topor, ha marcado la historia del teatro con su tan bien denominado movimiento «pánico»; realizador de películas de culto, como El Topo o La montaña sagrada, a las cuales los norteamericanos -impagables- dedican tesis y sabios estudios; escritor, autor de historietas para cómic que se permite el lujo de trabajar con nuestros mejores dibujantes; padre atento de cinco niños con los cuales mantiene actualmente una relación tornasolada, Jodorowsky es hoy el tarólogo sin normas cuyas intuiciones han dejado a más de uno boquiabierto; es, además, el payaso con- vulsivo del Cabaret Místico que, en un momento en el que el público parisino da la espalda a las conferencias, consigue abarrotar sus auditorios con el mejor poder publicitario del boca a boca; mago internacional -interestelar, podríamos decir, bajo la influencia de Moebius- al que han consultado estrellas de rock y artistas del mundo entero…

Desde hace muchos años, y sin ninguna publicidad, Jodorowsky anima cada miércoles en París una conferencia-happening donde aborda temas terapéuticos. La entrada es libre, quinientos espectadores asisten cada semana. Al final de la sesión del Cabaret Místico, unos voluntarios hacen una colecta, lo que permite pagar el alquiler de la sala. Tres días antes del comienzo de la conferencia, y siempre gratuitamente, Jodorowsky lee el tarot a unas treinta personas. Estas, una vez concluida la lectura, y a modo de pago, deben trazar con su índice la palabra «gracias» sobre las manos de Alejandro.

Este chileno de origen ruso, radicado durante muchos años en México y ahora enraizado en Francia, es un personaje que los novelistas de hoy, demasiado gélidos, no podrían crear, un ser que ha llevado la imaginación al poder en todos los recovecos de su existencia multidimensional.

Su casa, sabia alianza de orden y desorden, de organización y caos, es un fiel espejo de su huésped o, simplemente, de la vida. Constituye una experiencia en sí visitar esta cantera sembrada de libros, vídeos, juguetes infantiles, etc. Allí uno puede toparse con los dibujantes Moebius, Boucq o Besse, así como con un gato o una mujer venida de no se sabe dónde y que parece estar cuidando por un tiempo de la casa… Es un lugar de potencia poética, una concentración de energías sobreabundantes y, sin embargo, dominadas.

Sobra decir que trabajar con un personaje pánico no es una sinecura. Y esto, en primer lugar, porque Jodorowsky ignora los plannings, las agendas y otro tipo de apremios temporales que rigen la vida de los terrenales. Cuando me propuse poner en papel su aventura psicomágica, comprendí que tenía que dedicarme exclusivamente a tal empresa. Con él no hay previsiones, plazos fijados de antemano, citas debidamente anotadas: las cosas se hacen al instante. Todo en él tiene la cualidad del fulgor. No es que sea incapaz de someterse a una disciplina o plegarse a horarios, todo lo contrario; pero en fin, ahí hay un misterio: ¿cómo este hombre que, una vez concluidas nuestras citas psicomágicas, partía a realizar una película de nombre evocador -The Rainbow Thief (El ladrón del arco iris, 1990)-puede dirigir un rodaje de gran presupuesto, domar a monstruos sagrados como Peter O’Toole, Omar Sharif o Christopher Lee, imponer su sensibilidad a productores tan materialistas como inquietos y, por otra parte, no tomar nota de ninguno de sus compromisos futuros y aceptar en septiembre una conferencia para marzo sin apuntar el día en una libreta, razón por la cual, a medida que se acerca la fecha de su intervención, hay que localizarlo, por miedo a que se haya olvidado de su compromiso y desaparezca hacia cualquier punto del planeta?

Alejandro es un convencido del carácter convulso de la realidad, y de ahí ese aspecto fascinante y agotador que le hace ser desmesurado en todas sus manifestaciones. Cuando alguien le pone un público enfrente, rara vez resiste la tentación de llevarlo hasta el límite. Rasgo muy sudamericano el de este ser excepcional que, en privado, sabe mostrarse como la persona más dulce y humilde y que de pronto puede, en un abrir y cerrar de ojos, transformarse en una ópera barroca del mismo calibre que sus películas, donde lo grotesco compite con lo grave, lo obsceno con lo sagrado. Jodorowsky se mantiene siempre en el linde; baila sobre la sutil frontera que separa la creación de la provocación gratuita, la innovación del salvaje atentado contra el buen gusto, la audacia de la indecencia… Moebius, el genial dibujante de El Incal, familiarizado con estos métodos tras quince años de colaboración, ve en ello «la técnica empleada por Alejandro a fin de socavar la resistencia del universo…».

En cualquier caso, con Jodorowsky las cosas siempre acaban por arreglarse, pese a los traumas infligidos en los nervios de los organizadores. Este hombre no tiene parangón en la capacidad de hacer pivotar una situación que se presentaba bajo los peores auspicios y dar la vuelta a la realidad como si de un guante se tratara.

Mencionaré aquí una anécdota, que ilustra bien esta capacidad de dar la vuelta a la realidad, operación para la cual conviene estar preparado, si uno tiene la audacia de andar en compañía de él.

Habíamos acordado hacer una actuación conjunta con motivo de una feria en la que todos los años se dan cita herbolarios biológicos, vendedores de bañeras de burbujas, esotéricos de todo pelaje, poetas de la madre Naturaleza, editores y médicos alternativos… ¿Fue un error táctico? El caso fue que, cuando llegué a Vincennes en busca de mi héroe, lo hallé totalmente absorto en la elaboración de un guión de historieta que se negaba a abandonar para ir «a la Mejorana», como decía él, a dar una charla…

Yo insistí, alegando que nos esperaban y que no podíamos faltar a nuestra palabra, hasta que finalmente Jodorowsky aceptó a regañadientes subir a mi coche, no sin repetirme durante todo el trayecto: «Esto yo no lo siento, ¿comprendes…? No me parece que tengamos algo que hacer en la Mejorana…». Cuando llegamos al lugar en cuestión, encontramos lo peor: una sala abierta a los cuatro vientos, sin micrófono ni sillas, y un centenar de personas que habían venido a escuchar no a Jodorowsky, sino, a causa de un error de programación, al doctor Woestlandt, simpático autor de best-sellers médico-esotéricos…

Mientras yo me sulfuraba, mi genial cómplice, tras captar con una ojeada la magnitud de la catástrofe, me increpó en tono fatalista: «¿Lo ves? ¡Ya te lo decía yo!», y se dio media vuelta marchándose sin más…

Mi compañera corrió detrás de él y le suplicó que hablara de todas formas. Evidentemente sensible a las razones femeninas, Alejandro volvió sobre sus pasos y me dijo: «Está bien, esa gente quiere escuchar al doctor Westphaler; okay, ¿por qué no me presentas como si fuera él? Diles que soy el doctor Wiesen-Wiesen y que les voy a hablar…».

Tal vez hoy yo hubiera aceptado de buena gana el desafío; pero por entonces estaba todavía convencido de esa idea tradicional de que el doctor Woestlandt es el doctor Woestlandt, Gilles es Gilles y Jodorowsky es Jodorowsky… Ese concepto de lo real hacía imposible que me prestara a tamaña mascarada. En esas condiciones, improvisé unas sencillas palabras para presentar a mi peligroso amigo, el cual, plantándose ante su desconcertado público, comenzó a hablar en tono conciliador: «Miren, yo no soy el doctor Westphallus; pero eso es lo de menos, la persona no tiene importancia. Imaginen ustedes que soy el doctor Wiesen-Wiesen y háganme preguntas. Poco importa la persona, yo les contestaré como si fuera el doctor Wuf-Wuf…».

La gente, al comienzo, parecía atónita, pero muy rápidamente se entregó al sortilegio y entró en el juego de Jodorowsky, que, ante mi mirada incrédula, consiguió un rotundo éxito. A la hora del coloquio, invitó a sus improvisados oyentes, con entonación cantarina, a que le contaran sus problemas y aprovecharan así la suerte que el destino les había deparado: «Atención, hagan sus preguntas porque ésta es la última vez que vengo a la Mejorana…».

Después de visitar el stand de las ediciones Dervy para comprar el libro del doctor Woestlandt («hay que saber al menos quién es ese doctor Westphaler, ¿no?»), Alejandro entró en la cafetería, donde, en pocos segundos, se encontró rodeado de admiradores, y continuó regalando consejos y observaciones iluminadas, con una amabilidad extraordinaria.

Y así fue como una tarde que había empezado siendo un fiasco terminó en apoteosis.

Habría que hablar aquí también de su increíble intuición: no es raro que Alejandro, al ver por primera vez a una persona, le diga a bocajarro una verdad que ella creía tener perfectamente oculta, dejando en su interlocutor la tremenda impresión de estar frente a un mago omnisciente.

Un amigo -al que llamaremos Claude Salzmann- nunca podrá olvidar esa noche, a la salida de una conferencia que ya en sí había sido épica, en que nos sentamos en la terraza de un café de la Place Saint Sulpice y Alejandro, de golpe pero con delicadeza, se empeñó en hacerle una de esas revelaciones: «Escucha, Salzmann, ¿puedo hablarte? Eres amigo de mi amigo, y por eso voy a permitirme hablarte, ¿de acuerdo? Escucha, Salzmann, cuando te miro, veo a un hombre de naturaleza dividida: tu labio superior es muy diferente a tu labio inferior». (Miré a Claude y vi, por primera vez, ese rasgo notable de su fisonomía.) «Tu labio superior, muy delgado, es el de un hombre serio, espiritual, casi rígido, labio de asceta… Pero tu labio inferior, grueso, carnoso, es el labio de un hombre sensual, amante del placer… Sí, en ti coexisten esas dos naturalezas, Salzmann, y debes conciliarlas…» Aunque en sí parecía una ob- viedad, el comentario impresionó a mi amigo, quien precisamente en aquellos días parecía concentrado como nunca en armonizar esas dos inclinaciones, contradictorias para la lógica tradicional, pero complementarias para la profunda.

¿A cuántas personas habré escuchado decir que Alejandro, apoyado en una carta de su tarot o en su sola capacidad de observación, les había mostrado en una palabra el conflicto al que se enfrentaban en ese momento, sacando a la luz un misterioso secreto de su personalidad?

Un día lo visité con una amiga mía de la cual Alejandro nada sabía. Recuerdo haber quedado totalmente sorprendido al observar cómo, sin que ella hubiese preguntado aún, él concentraba en un par de frases, tras sacar ella las cartas, lo esencial de la situación en que se encontraba. No es extraño, entonces, que nuestro hombre suscite pasiones y devoción.

El rey Jodorowsky impera en su corte, rodeado de un enjambre de fieles para los cuales el Cabaret Místico representa una verdadera misa. Algunos, incluso, acuden desde hace años al oficio y siguen con devoción las más peregrinas ocurrencias del maestro…

Creo que huelga precisar que yo no formo parte de esa grey. Lo nuestro es, sobre todo, un diálogo entre amigos. De ahí esa sana perplejidad con que a veces recibo sus comentarios, y que también debido a esa amistad tiene el buen efecto de obligarle a precisar su pensamiento.

Porque su extraordinario brillo, que provoca siempre fascinación, puede también llevar a la duda e incluso a la irritación: por exactas que sean, muchas veces sus incisivas intuiciones pueden parecer apresuradas. Después de verlo entregado a sus terapias-relámpago en el marco del Cabaret, donde se enorgullece de liberar viejos nudos psicológicos en una sola noche, de un solo golpe de árbol genealógico salpimentado con una punta de «psicomagia», el espectador bien dispuesto, que a la vez conserva su buen sentido crítico, no podrá sino oscilar entre la admiración y el escepticismo, la estupefacción y la duda. Admiración y estupefacción, pues la actuación de este actor sin igual, su poder para sostener y guiar la energía de quinientas personas en una sala y la férrea pertinencia de sus observaciones cortan la respiración. Escepticismo y duda, por otra parte, pues esas veladas llenas de risas y emoción, en las cuales la miseria humana es colocada en escena con un enorme arrojo, donde complejos y traumas son sacados a la luz y tratados por el «maestro» con una sabia mezcla de perspicacia, exageración y benevolencia, son la primicia de un nuevo género, el del reality-show analítico-espiritual. De allí uno sale convencido e inquieto a la vez, preguntándose sobre el verdadero alcance y sobre los efectos a largo plazo de ese revoltijo artístico-terapéutico.

Hay algo de sacamuelas y de curandero de feria en este visionario que se autodenomina «tramposo sagrado». Pero, finalmente, esa faceta de «charlatán trascendente», que es parte importante del personaje Jodorowsky, está puesta al servicio de una rara energía compasiva. Podría decirse de Alejandro que es un bodhisattva a la salsa sudamericana, una salsa con mucha pimienta…

No se es tramposo sagrado con sólo empeñarse en serlo; bajo la desmesura y la aparente desenvoltura de este artista que se aparta de todos los cánones, hay mucho rigor -un rigor muy particular pero rigor al fin-, un potencial de creatividad inagotable, una profunda visión poética y, estoy convencido, mucha bondad.

Porque nuestro hombre tiene el corazón puro. Aun siendo rey, Jodorowsky no abusa del poder casi absoluto que le otorgan muchos de sus súbditos. Su Majestad es su propio bufón; nunca teme poner sus propias enseñanzas en tela de juicio con una buena dosis de humor. Aunque no desecha el homenaje de sus seguidores, tampoco muestra la menor intención de verse convertido en ídolo. Desinteresado por excelencia -como he podido comprobar en tantas ocasiones-, Jodorowsky sigue siendo, a mi modo de ver, crucialmente lúcido, consciente, tanto de sus poderes como de sus limitaciones. Él ha tenido la suerte de acercarse a verdaderos maestros -como el japonés Ejo Takata, que lo marcó con el hierro candente del zazén- y, sin embargo, no por eso se limita a ser gurú en el sentido estricto y noble de la palabra; él es más bien un genio benévolo e inquietante con el que cada cual puede andar un trecho del camino.

-Crece un poco – dijo un día Jodorowsky a su veinteañera hija Eugenia.
A lo que ésta replicó:
-¡Y tú redúcete un poco!
Que el mismo Alejandro cite, no sin orgullo, esa aguda respuesta de su hija dice mucho del personaje.

Servidor de la verdad, aunque a veces con cierto aire de farsante, saltimbanqui descarado que no pide sino callar e inclinarse ante quien lo supera, Jodorowsky pertenece, a todas luces, a la raza de los locos sabios. Si bien el clown místico puede inspirar fascinación o aversión inmediatas -y a veces también ambas cosas a la vez-, es mucho lo que se gana conociendo a este hombre en toda su riqueza interior.

Gilles Farcet

París, 1989-1993

Fragmento de Psicomagia. Esbozos de una terapia pánica (conversaciones con Gilles Farcet)


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